jueves, 27 de abril de 2017

DE PROFESIÓN ALBAÑIL

Siento una atracción especial por la construcción y me propuse construir una casa con mis propias manos,  hacerla en persona tenía un sabor diferente, para ello con proyecto propio contraté a un peón, que manejaba algunos rudimentos del oficio, yo dirigía, preparaba la mezcla, mojaba los ladrillos y se los alcanzaba, entre ambos levantamos la obra, Don Mario ponía los ladrillos, ponía tres  y sacaba dos, pero lo logramos.

En mis tiempos de estudiante de ingeniería, me cruzaba al frente donde se encontraba la facultad de arquitectura, allí cursaban  algunos de mis compañeros del secundario, permanecía a la par de sus tableros, así pude  recibir de primera mano la tendencia de entonces, cuando se criticaba las casas con ambientes rectangulares a las que se consideraba como cajas de zapatos.

Nuestra obra un galpón de 4.40 metros de altura, parecía algo ridículo, el secreto lo tenía reservado, fue un entrepiso de madera que realice personalmente, con el pino aserrado del parque de mi hermano, que espere por cuatro años, un tío de mi señora, perito en el tyema me señaló cuando ya se encontraba en condiciones de ser utilizado.

Con don Mario trabajábamos media jornada, comíamos el asadito, un par de vasos de vino en soledad, porque el compañero convertido en abstemio, se las había tomado por adelantado en tiempo de su juventud,  y a dormir la siesta.

El resultado es la cabaña que se encuentra en el presente blog.








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